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Sunday, 21 December 2014

Finisterre II

La luz del amanecer despertó a Álvaro, que se desperezó incorporándose dentro de su saco de dormir. Comprobó que Sabela estaba a su lado, la chica seguía allí, dormida. Suspiró recordando lo sucedido el día anterior; no sabía cuánto tiempo había estado abrazándola hasta que dejó de llorar, pero para entonces era noche cerrada y Sabela era incapaz de dar un paso, así que la acomodó en su saco y estiró el suyo a su lado, había intentado mantenerse despierto en caso de que ella decidiera poner fin a su vida de nuevo, pero él también estaba agotado y había terminado por dormirse.
Observó el sol saliendo sobre el mar, la luz dorada sobre sus botas tiñéndolas de un color anaranjado, como si estuvieran en llamas. Finisterre, donde se quemaba lo viejo y se empezaba de nuevo. Como él mismo, podía sentir que hoy era el comienzo de su nueva vida.
Miró de nuevo a Sabela y de repente recordó, como se la había encontrado en el bosque y habían terminado el Camino en Finisterre, el dolor de ella por la pérdida de su prometido a un mes de la boda, que le había llevado a hacer el Camino de Santiago, sola, lo primero que hubieran hecho juntos como marido y mujer, para después tirarse por el acantilado en Finisterre. Suspiró recordando su propio dolor cuando su novia le dejó por otro, sin embargo esta vez el dolor era ajeno a él, sentía lástima como si le hubiera pasado a otra persona que ya no existía.
- Buenos días.
La voz de Sabela lo sacó de sus pensamientos. La muchacha lo miraba sentada. Parecía tranquila, la angustia del día anterior desaparecida.
- Hola, ¿has dormido bien?
Observó que tiritaba, el saco de ella estaba empapado por la humedad del ambiente y el rocío, por primera vez notó que el suyo también lo estaba.
- Sí, pero estoy calada.
- Creo que había un café en el pueblo antes del bosquecillo, ¿quieres ir a desayunar?
No quería dejarla sola, por lo menos quería alejarla lo más posible del acantilado.
- Daría cualquier cosa por un café.
Una hora más tarde estaban sentados delante de una gran pota de café y unas tostadas. De pronto Sabela le preguntó.
- ¿Qué vas a hacer cuando vuelvas a casa?
Álvaro tardó unos segundos en contestar.
- Volver a mi familia, mis amigos, mi trabajo ?suspiró, la idea de regresar le agobiaba? Empezar de nuevo, supongo. ¿Y tú?
Sabela se encogió de hombros.
- No lo sé, ayer sabía lo que quería, hoy no.
La voz monótona de ella le llamó la atención. El dolor del día anterior parecía haberse llevado también el alma. El motor que la había hecho llegar hasta allí se había apagado y con él la vida de la dueña. Álvaro empezó a sentirse culpable ¿qué derecho tenía él para obligar a vivir a alguien que no quería?
- Seguro que tu familia y amigos de echan de menos.
- Echan de menos a alguien que ya no existe, tengo que aprender a ser quien soy ahora. No puedo regresar, todavía no.
Álvaro bajó la cabeza. Sabela tenía razón, las últimas horas habían transformado su dolor en otro sentimiento, pero el tampoco se veía con fuerzas para regresar.
- ¿Puedo acompañarte?
- No tienes porque, ya has hecho bastante ?hizo una pausa? no voy a intentar suicidarme de nuevo, si es lo que piensas.
- Tal vez yo tampoco estoy listo para regresar ?reconoció Álvaro con una sonrisa.
© Chelo Cadavid 2014

Finisterre I

Álvaro caminaba recordando la euforia de sus amigos tras terminar el Camino de Santiago. Una aventura que habían empezado un par de meses antes; pocas semanas después de que Beatriz le dejara por otro. Se había despedido de ellos con un fuerte abrazo agradeciéndoles su compañía durante el viaje, para continuar hasta Finisterre mientras ellos descansaban en Santiago. Hacía casi tres semanas que no mencionaba a Beatriz y en su despedida les había asegurado que ya era parte de su pasado.
Álvaro no se había molestado en buscar albergue para esa noche. No lo necesitaría. Solo esperaba que el acantilado donde terminaba el Camino estuviera desierto.
De repente, detrás de una curva, se encontró una peregrina sentada en una piedra. La chica no le había visto. Álvaro se detuvo un momento, desconcertado. Tal vez solo debía continuar hacia delante, la muchacha probablemente se había detenido un momento a descansar. Él había venido a cumplir una misión y debía continuar hasta el final. Sin embargo, tras unos minutos, se detuvo con el ceño fruncido y dio media vuelta. La joven seguía allí sentada. Álvaro se acercó despacio y se agachó para estar a su altura; ella pareció darse cuenta de su presencia aunque sus ojos grises no parecían registrarle.
- ¿Estás bien?
La muchacha parpadeó y miró a su alrededor, sorprendida.
- Sí.
- ¿Cómo te llamas?
- Sabela
La suave luz reflejada en el rostro de ella le dejó sin aliento. Se pasó una mano sobre su apelmazado pelo rubio. No quería hacerlo, pero de repente escuchó su propia voz preguntando:
- ¿Vas a Finisterre?
Ella asintió con la cabeza. Álvaro recordaba a lo que había venido pero en ese momento parecía menos importante. La joven se levantó:
- ¿Tú también? -Álvaro asintió
- ¿Me acompañas?
Anduvieron juntos un rato hablando de sus aventuras durante sus respectivos viajes a Compostela. El Camino había salido del bosque y continuaba en cuesta. Finalmente llegaron a la cima, donde se encontraba un acantilado. Álvaro se detuvo contemplando el paisaje. Sabela siguió andando hasta el borde.
- Le echo tanto de menos ¿sabes? -estiró una mano hacia la nada, dejando que la brisa jugueteara entre sus dedos.
- ¿A quién?
- A Jorge, mi prometido. Íbamos a casarnos y hacer el Camino durante nuestra Luna de Miel. Murió de cáncer un mes antes de casarnos -suspiró y se volvió hacia el mar- hoy dormiremos juntos de nuevo.
Álvaro bajó la cabeza ¿cómo era posible que se hubiera encontrado con alguien con las mismas intenciones que él? Tal vez el destino se lo estaba poniendo fácil, dándole alguien que le ayudara a dar el salto al vacío, al olvido, a eliminar ese dolor que le había acompañado durante meses. Recordó algo que había leído en alguna parte: «La casualidad no existe, sólo lo inevitable». Miró a Sabela.
- Yo he venido a lo mismo. Me dejó mi novia -confesó sintiéndose como un niño caprichoso- ya sé que mi situación es muy distinta, pero tal vez el destino nos está diciendo algo ¿no crees?
- No -Sabela dijo con determinación- sin él no soy nada.
- Sí que lo eres, has caminado un mes tu sola, has visto otras ciudades y has conocido otras personas.
Las siguientes palabras de ella sonaron como una serie de dagas de hielo.
- Eres un cobarde. Déjame sola. Yo no tengo miedo.
- Estás aterrada. Sabes que eres capaz de seguir adelante sin él y eso no sólo te asusta sino que te hace sentir despreciable.
Álvaro no podía creer sus propias palabras. Apenas una hora antes estaba decidido a morir. Ahora quería vivir y evitar que ella se matase. No entendía por qué, solamente sabía que no era su momento y no quería que fuera el de Sabela.
- Vete -ella le miraba con desesperación- déjame.
- ¿Cómo podría vivir sabiendo que he permitido que te mates? -gritó Álvaro.
Sabela empezó a llorar.
- Ven aquí, por favor -él extendió los brazos.
Ella se acercó sin dejar de sollozar y él la abrazó.
- Quédate conmigo esta noche -le pidió él.
© Chelo Cadavid 2014